Y el animal se hizo carne: ritos de paso en un matadero

 Original: http://vidadealambique.wordpress.com/2013/03/30/y-el-animal-se-hizo-carne-ritos-de-paso-en-un-matadero/

«Fuera de la ciudad, hay carnicerías donde se mata a los animales destinados al consumo humano; estas carnicerías se mantienen limpias por medio de las corrientes de agua que eliminan la sangre y la basura. Es de aquí de donde se aporta al mercado la carne limpia y descuartizada por las manos de los esclavos*; porque la ley prohíbe a los ciudadanos ejercer el oficio de carnicero, por temor a que el hábito de masacrar poco a poco vaya destruyéndoles el sentimiento de humanidad, el más noble de los afectos del corazón de un hombre. Estas carnicerías exteriores también tienen el objetivo de evitar a los ciudadanos un espectáculo repugnante, y de librar a la ciudad de suciedades, inmundicias, y materias animales cuya putrefacción pudiera engendrar enfermedades.

 * Los esclavos son aquellos criminales condenados a trabajos forzados por los Utopistas como por los Polileritas».

Tomás Moro, La utopia (1516), II, 2.

Esta es la cita con la que Noélie Vialles encabeza su libro Le sang et le chair. Les abattoirs des pays de l’Adour (Maison des Sciences de l’Homme, 1987, Paris). A lo largo de esta etnografía, publicada en 1987 y prologada por Françoise Héritier, fruto de un trabajo de campo en mataderos del sureste de Francia, la antropóloga francesa pone de manifiesto el complejo sistema de evitación del “gesto fatal”; y más allá de la matanza en sí, a lo largo de estas 142 páginas, Vialles reflexiona acerca de las representaciones simbólicas de la sangre, los hombres y las bestias.

Noélie Vialles está vinculada al Collège de France como maître de conférences bajo la cátedra de Philippe Descola (Antropología de la nautraleza) y sus investigaciones giran en torno a la alimentación cárnica y a las prácticas observables de su producción y consumo. Este tema la vincula directamente al dominio de la corporalidad y a las relaciones que los humanos establecen con su propio cuerpo, con sus semejantes y con otros seres vivos. Dejo un par de artículos interesantes que se pueden encontrar en la revista Terrain (ambos están en francés) y que pueden poner en situación sobre el tema a quien no esté muy familiarizado con él:

Noélie Vialles, « La viande ou la bête », Terrain, numero-10 – Des hommes et des bêtes (avril 1988), [En ligne], mis en ligne le 18 juillet 2007.

Noélie Vialles, « La mort invisible », Terrain, numero-20 – La mort (mars 1993), [En ligne], mis en ligne le 18 juin 2007.

En ambos artículos, Noélie Vialles explica las diferentes representaciones simbólicas sobre la carne en la civilización occidental y cómo estas permiten que se pase de un animal a un trozo de carne, sin que esto suponga ningún tipo de contradicción moral para la mayoría de personas. Explica por qué en el siglo XIX en Francia, al mismo tiempo que se estableció por ley la obligación de dar muerte a los animales para consumo en mataderos públicos, paradójicamente fue en ese momento en que la muerte de los animales se ocultó deliberadamente al público. Los mataderos públicos tenían carteles de prohibido la entrada al público.  La a-tanasia u ocultación simbólica (además de física) de la muerte facilita, entre otras cosas, que podamos pensar en un trozo de carne sin pensar en el animal al que perteneció y convertirlo en alimento sin problema.

Vialles no lo dice directamente en estos textos, pero creo que se puede intuir que, dentro de este sistema simbólico, el animal es en realidad un ser liminal: primero, porque solo son susceptibles de ser comidos aquellos animales que han comido vegetales (los animales carnívoros no son susceptibles de ser carne), puesto que se parte del principio que los humanos nos alimentamos de vegetales, la carne concentraría y amplificaría todas las propiedades que se encuentras dispersas en el mundo vegetal.  Y segundo, es un ser liminal desde un segundo punto de vista: a pesar de la ocultación, en el matadero tiene lugar un rito de paso que le convierte de animal a carne en un espacio perfectamente delimitado (el matadero) y es operado por un especialista (el matarife), cuya consideración social es especial de cara al resto del grupo (comúnmente se considera que la gente que trabaja en los mataderos debe ser de una “pasta” especial, parecida a la de la gente que trabaja en pompas fúnebres). Ni qué decir tiene que en todo este tinglado, el animal juega un papel de mediador simbólico porque se le está escamoteando su condición de ser vivo, su condición objetiva y biológica de poseer una vida.

En el primer texto, la autora se acerca al tema a través del análisis de la consideración social y simbólica de la casquería (o despojos) y vincula la consideración de la casquería como comida “de segunda” o que genera rechazo porque evoca directamente a los órganos vitales del animal, no a la “carcasa” que contiene esa vida (carne y hueso). Comerse el hígado, el corazón, las tripas, los ojos, los testículos de un animal, remiten a su biología, no se puede escapar de ella.

En el segundo texto, lo hace a partir de la descripción etnográfica de la matanza de atunes (tonnara) en la isla de Favignana (Sicilia), la cual deviene un espectáculo turístico que incluso llegó a ser televisado en Francia. Vialles parte de la tonnara para hacer un análisis de la consideración simbólica de los peces (que es un caso parecido al de las aves) quienes no son considerados “verdaderos” animales. Vialles afirma que la construcción social de esta consideración es posible porque no son parecidos a nosotros, su vida se desarrolla en un medio (el acuático) que además de invisibilizarlos físicamente, es casi opuesto al nuestro. Diríamos que los peces encuentran vida donde nosotros encontraríamos muerte y viceversa. Pero, claro, para un pensamiento antropocéntrico como tiende a ser el nuestro, el viceversa cuesta de pensar. De ahí la visión de la pesca como una actividad inocente y en cuyo campo semántico no existe ninguna referencia a matar o a la muerte del pez.

Para ella, la clave para interpretar este tipo de prácticas hacia los animales no humanos está en la alelofagia, que vendría a significar que no nos comemos a los que son semejantes a nosotros. El tema está en qué y a quiénes consideramos semejantes y a quiénes diferentes…

No me quiero enrollar, para eso he puesto los links…

A lo que iba. En su libro Le sang et la chair [traducido al inglés como «Animal to Edible»], a Vialles no le tiembla el pulso (como sí les tiembla a otros) al hacer un paralelismo entre los mataderos y los campos de exterminio nazis. A quien esta comparación le parezca muy “agosarada” (he de reconocer que a mí, en su día y en un primer momento, me lo pareció), solo me gustaría remitirle, como bien nos recuerda J.M. Coetzee, a un pequeño pero significativo dato histórico: la visita que hicieron los nazis a los mataderos de Chicago, por aquel entonces, los más avanzados e innovadores del mundo. El objetivo de Himmler y compañía era tomar ejemplo de los métodos industriales más avanzados de producción ganadera y poder así aplicarlos a su matanza particular (también conocida como “solución final”) de seres humanos.

Por cierto, si se quiere conocer un poquito la visión del escritor sudafricano y premio nobel de literatura, J.M. Coetzee, sobre la aberración de la producción industrial de animales para el consumo de carne, dejo este link de un artículo muy breve (aunque en inglés): «Exposing the beast: factory farming must be called to the slaughterhouse». Como dice Coetzee, lo que nos tendría que horrorizar no es tanto que los judíos hubieran sido tratados como animales durante el holocausto, sino que lo que nos tendría que parecer un auténtico horror y un crimen contranatura es que cualquier ser viviente fuera considerado una unidad de un proceso industrial.

Sobre Coetzee y este tema, dejo un link de mi admiradísimo Rafael Narbona quien, en uno de sus magníficos posts, sintetiza esta visión de Coetzee y hace un repaso por algunos aspectos filosóficos clave acerca de los derechos de los animales y de la consideración moral de éstos. : «Los derechos de los animales (Coetzee y algo de filosofía)». [Por cierto, muy recomendable el post y el blog en general para quienes, como a mí, en el instituto les hicieran leer, por desgracia, Ética para Amador en esa clase de contenido algo difuso y claramente dudoso que llamaban “Ética”]

Ya que estoy con referencias, no es que me gusten mucho estas que voy a poner ahora, porque solo quería hablar de los textos de Vialles y dentro del ámbito de la antropología, pero bueno, ya que estoy, pues las pongo. Pues eso, el clásico dentro del gremio vegan, Charles Patterson, Eternal Treblinka: Our Treatment of Animals and the Holocaust (Lantern Books, 2002), en español traducido con el desafortunadísimo título de Por qué maltratamos tanto a los animales (el editor del libro no se enteró de nada. Y qué cruz con lo del maltrato!! El problema no está en si los tratamos mal o bien, sino en cómo los consideramos). Por cierto, el título de Patterson es un homenaje al escritor y premio Nobel, Isaac Bashevis Singer, quien dijo: «En lo que respecta a los animales, todos somos nazis. Para los animales es un eterno Treblinka».

En torno a este tema, suscribo la frase de Rafael Narbona de que sólo el que ha mirado a los ojos de un animal en el matadero y no ha descubierto su profundo desamparo, puede ignorar que Auschwitz y un matadero industrial nacen del mismo desprecio hacia la vida y el dolor ajenos.

Y para los que crean que “esto de los animales” no merece su atención y que creen que me pongo muy pesada con este tema, decía Albert Camus en sus Reflexiones sobre la guillotina (1957):

Como escritor, siempre me han repugnado ciertas complacencias; como hombre, creo que los aspectos repelentes de nuestra condición, si bien son inevitables, deben ser afrontados en silencio. Pero cuando el silencio o las argucias del lenguaje contribuyen a mantener vivo un abuso que debe ser reformado o una desdicha que puede aliviarse, no hay otra solución que hablar claro y mostrar la obscenidad que se oculta bajo la capa de las palabras.

Hablar claro y mostrar la obscenidad del lenguaje y, añadiría yo (en un alarde de vanidad extrema imperdonable), la obscenidad de la cultura y de sus representaciones simbólico-cognitivas, que en definitiva lenguaje y cultura, tanto monta, monta tanto. Pues eso, que no me callo.


nina oveja

 Original: http://vidadealambique.wordpress.com/2013/03/30/y-el-animal-se-hizo-carne-ritos-de-paso-en-un-matadero/

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